Pasaportes. Certificados de nacimiento. Fotografías preciadas. Seres queridos. Amigos. Mascotas.

Muchas personas se ven obligadas a renunciar a esto y mucho más cuando se les amenaza y expulsa de sus hogares y comunidades. Pero, con independencia de lo que dejen atrás, todos llevan más o menos lo mismo allá donde vayan:

Capacidades.
Talento.
Aspiraciones.

Por desgracia, muchos descubren que prácticamente tienen que prescindir de sus tres recursos más valiosos cuando más lo necesitan: cuando intentan asentarse en una comunidad nueva y rehacer sus vidas. Ya sea debido a unas leyes restrictivas que les impiden trabajar, o a unas barreras lingüísticas y culturales que dificultan en gran medida la obtención de ingresos, los refugiados tienen que intentar sobrevivir a otro desastre: vivir en una especie de limbo.

Desvalorizados.
Desmoralizados.
Deshumanizados.

Ellos no son los únicos que sufren con esta situación; sus comunidades de acogida también lo hacen. Porque, si los refugiados pueden trabajar, necesitan menos prestaciones y disponen de dinero para gastar en la economía local. Crean empresas y dan trabajo a otras personas. Sienten menos frustración y conectan mejor con su nueva comunidad.

Sin embargo, los habitantes de los países y comunidades de acogida pueden sentirse amenazados por el acceso al mercado laboral de los refugiados cuando los trabajos y las oportunidades de demostrar las capacidades, el talento y las aspiraciones ya son escasas.

Esta situación se repite en todo el mundo: en Europa, en África y allá donde haya refugiados. Ahora bien, cuando tienen la posibilidad de desarrollar sus capacidades, aprovechar su talento y cumplir sus aspiraciones, sus familias y comunidades pueden prosperar.

Cómo beneficiar a todos

La Fundación IKEA respalda un programa del Comité Internacional de Rescate (IRC) en Nairobi, Kenia, con una donación de 5 millones de euros.

Actualmente, Kenia es el décimo país con mayor acogida de refugiados del mundo, con casi medio millón de refugiados. El IRC, que actúa ante las peores crisis humanitarias del mundo y ayuda a los afectados a rehacer sus vidas, intenta mejorar la situación de los refugiados y los jóvenes kenianos que habitan en los campamentos de Nairobi, con el fin de aumentar sus ingresos mediante un programa flexible de formación y empleo adaptado a las necesidades de cada persona.

Gracias a la capacitación profesional, las ayudas iniciales, los programas de aprendizaje y las conexiones con los empleadores locales, el IRC ayuda a miles de personas vulnerables a mejorar sus posibilidades de tener un futuro mejor.

Conoce a Patience, una refugiada que estudia formación profesional

Cuando Patience era un bebé, sus padres fueron asesinados y ella perdió una mano durante la brutal guerra civil que tuvo lugar en el Congo. Una desconocida la recogió en la carretera y le salvó la vida, la llevó a Ruanda y la adoptó. Sin embargo, cuando Patience era una adolescente, su madre adoptiva falleció y a ella la echaron de su casa. Finalmente, acabó en Nairobi.

Ahora, Patience tiene 21 años y está haciendo una formación profesional en fotografía y videografía gracias al programa de IRC. Cuando empezó la formación, estaba preocupada: ni siquiera sabía cómo iba a sostener la cámara con una sola mano. Sin embargo, se dijo a sí misma que debía confiar en quien era, una lección que le enseñó su madre adoptiva y que ahora está dando sus frutos.

“Mi sueño es ser periodista”, afirma, “alguien que denuncie las lacras y los problemas de la comunidad”.

Además de la formación, también colabora con personas con discapacidad mediante un proyecto que ella denomina “Yo soy capaz”.

Conoce a Lispher, una empresaria local keniana

Lispher, de 25 años, es de un pueblo de Kenia. Como muchos otros jóvenes procedentes de zonas rurales, debió hacer frente a numerosas dificultades para encontrar un trabajo. “Cuando volví al pueblo, no había trabajo ni fuentes de ingreso”, afirma. “Así que decidí venir a Nairobi e intentar trabajar en lo que fuese”.

Acabó viviendo en Huruma, un campamento muy pobre de Nairobi con escasas oportunidades económicas y una gran población. Cuando conoció el IRC, acudió a él para realizar una formación profesional en catering y servicios de restauración. Después, se inscribió en el programa de creación de empresas.

Ahora Lispher es la orgullosa propietaria del Sunlight Hotel, un pequeño restaurante. Ha pasado de “estar sentada en casa sin nada que hacer” a tener dos empleados. Además, está ahorrando y tiene pensado comprar un terreno para construir un segundo restaurante en el que podrá contratar a más personas.

La historia se repite en todas partes

Alexander Betts, uno de los autores del estudio “Refugee Economies in Kenya” (Economías de los refugiados en Kenia), afirma: “A pesar de las trabas legales, en Kenia, los refugiados trabajan y contribuyen a la economía nacional. En Nairobi, casi la mitad de los refugiados somalíes y congoleños tienen trabajo. Sin embargo, sus ingresos son inferiores a los de los kenianos y se encuentran con obstáculos suplementarios, como la obligación de pagar impuestos adicionales y sobornos.

“Los refugiados suelen ser personas innovadoras y emprendedoras; muchos poseen pequeñas empresas, ya sean peluquerías, negocios de confección o cibercafés, y a veces cuentan con empleados kenianos. El problema radica en que menos del 10 % tiene una cuenta bancaria, y la mayoría no dispone de acceso a préstamos. Para ellos, la mejor forma de reunir capital es recurrir a los fondos enviados por sus familiares o amigos.

“Queda mucho por hacer para mejorar la integración económica de los refugiados, tanto en Kenia como en cualquier otro lugar. En nuestro estudio se demuestra que el derecho a trabajar, a la educación y al acceso a capital son factores determinantes para que los refugiados urbanos prosperen o sobrevivan con dificultades. Lejos de ser dependientes, los refugiados pueden ayudarse a sí mismos y contribuir a sus comunidades, siempre y cuando el entorno sea favorable”.