Durante dos años y medio, el campo de refugiados de Azraq (Jordania) no tenía electricidad. En invierno, los 54 000 refugiados sirios que vivían en él estaban sumidos en la más profunda oscuridad casi la mitad del día. Las familias disponían de una pequeña lámpara solar para estudiar o trabajar, pero su luz se apagaba al cabo de unas horas. En verano, con temperaturas de hasta 40 grados a la sombra, los alimentos se echaban a perder casi al instante. Esto obligaba a las familias a caminar cada día varios kilómetros hasta el mercado bajo un calor abrasador.

 

Las noches tan cerradas hacían que las personas (sobre todo, mujeres y niñas) no se sintieran seguras para ir a los lavabos situados al final de sus calles. Los niños y adolescentes se aburrían sin entretenimiento, y las familias apenas tenían contacto con sus seres queridos que vivían en el extranjero ni recibían noticias de Siria. Los padres estaban preocupados de que sus hijos más pequeños crecieran viendo solamente el polvo y la suciedad del desierto, sin saber cómo son los árboles o la hierba. Además, las madres, que se ocupan de la mayoría de las tareas domésticas, veían cómo lavar la ropa a mano consumía todo su tiempo, sin poder jugar con sus hijos. En lugar de alegrarse de verlos jugando al aire libre, se sentían frustradas porque sabían que la ropa sucia significaba varias horas de trabajo manual.

 

“Si tuviera que explicar a alguien que tiene electricidad cómo es vivir sin ella, pues… es como vivir en otro siglo”, apunta Asmahan, una mujer de 30 años con cuatro hijos de corta edad. “Es agotador”.

 

La energía renovable aporta una nueva sensación de poder

 

Gracias a la campaña El poder de la luz, la Fundación IKEA ha aportado fondos para ayudar al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) a llevar luz y energía renovable a cientos de miles de refugiados de Asia, África y Oriente Medio.

 

Uno de esos programas consiste en crear proyectos de energía renovable en el campo de refugiados de Azraq. Este tipo de programas brindan mucho más que energía eléctrica: ayudan a las familias de refugiados a redescubrir sus propias capacidades, como la facultad de alimentar a un recién nacido.

 

Cada semana nacen unos 25 bebés en el campo. Hace dos años, Asmahan dio a luz a su hijo Raad aquí; la casa del pequeño era un refugio oscuro.

 

“Lo pasaba mal cuando me despertaba en la oscuridad”, recuerda. “La lámpara de pilas se agotaba antes de medianoche. A veces no podía darle sus medicamentos”.

 

Este año, justo después de contar con electricidad en el refugio, ha tenido otro hijo, Khaled. La diferencia es como la noche y el día. “Había electricidad, luz y televisión. Puedo levantarme a cualquier hora a preparar leche, cambiar pañales o dar medicamentos”.

 

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Asmahan, sentada con tres de sus cuatro hijos: Shukran (8 años), Almar (6 años) y Khaled (6 semanas). Durante más de dos años, su refugio del campo de Azraq no tenía electricidad. Ahora sí tiene, algo que ha iluminado la vida de su familia en muchos sentidos.

 

La crianza de los hijos también ha cambiado de otras maneras. “Cuidar a mis hijos ahora es más sencillo”, explica. “Ahora puedo decir: ‘Cuando acabes los deberes, podrás ver la tele’, ya que mis hijas siempre quieren verla. La electricidad ha mejorado la educación de mis hijos. En invierno, no podía ayudar a mi hija Shukran con los deberes porque había pocas horas de luz. Sin electricidad se pierde demasiado tiempo. Ahora puedo ayudarla en cualquier momento”.

 

Sonríe. “Me ha cambiado la vida”.

 

La energía solar crea nuevos empleos y seguridad

 

La primera fase del proyecto subvencionado por la Fundación IKEA permitió a ACNUR instalar farolas solares. Gracias a ello, Asmahan, sus hijas y otros habitantes consiguieron sentirse seguros al visitar a amigos o ir a los bloques de lavabos por la noche.

 

En la segunda fase, ACNUR contrató a una empresa de energía renovable de Jordania, que recurrió a refugiados del campo para construir un parque solar. Uno de ellos es Ali, que en Siria era maestro de árabe. No solo adquirió una nueva destreza que le resultará útil en el mercado laboral, sino que además redescubrió su capacidad de mantener a su familia y contribuir a su comunidad.

 

“Al principio vine como voluntario, pero me pagaron”, nos cuenta. “Nos pagaron de manera justa y satisfactoria. Mi empleo me ha dado la oportunidad de cuidar de mi familia. Al mismo tiempo, estoy contento de haber hecho algo bueno para nuestra comunidad”.

 

“Todos nos beneficiamos a todos los niveles: financiero, moral, social…”, añade.

 

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Ali (delante) enseñaba árabe a niños en Siria, pero lo contrataron como electricista para ayudar a construir el parque solar. “Mi profesión no tiene nada que ver con la electricidad”, afirma, “así que aprendí algo nuevo”.

 

Nisreen, una maestra de inglés y escritora, tiene una tienda de electrodomésticos con su marido, Samer. Ha notado una gran diferencia en la vida comercial del campo desde que las familias empezaron a contar con electricidad en sus refugios. “La gente comenzó a comerciar y se compraba lavadoras y neveras. Cuando llegue el verano, necesitarán más ventiladores”.

 

“Deseamos que el mercado crezca”, continúa. “Ayudará a las personas del campo, creará más empleo y aportará más dinero. La gente sentirá que forma parte de una sociedad plena”.

 

Los niños adquieren la capacidad de jugar, estudiar, soñar… y comer helado

 

En el mismo mercado en el que Nisreen y Samer dirigen su tienda, un hombre vende helados a decenas de niños justo al salir de la escuela. Con ellos se refrescan bajo el sol de la tarde. Los niños sacan sus teléfonos móviles y juegan a juegos; de este modo, su educación va más allá de las pocas horas que están en clase. En sus teléfonos, pueden ver árboles, aunque sean virtuales.

 

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Varios niños se refrescan con un helado al salir de la

escuela.

 

Amenah, madre de cinco niños, nos comenta: “Muchos niños querían observar el mundo, sobre todo los más jóvenes y los que nacieron en el campo, que no saben lo que hay fuera. Ahora podrán conocer el mundo exterior”.

 

En la actualidad, la mitad de los 54 000 habitantes del campo tienen electricidad, pero ACNUR prevé llevarla al resto del campo durante el próximo año. En enero, cuando se conectaron miles de refugios a la red nacional, ACNUR empezó pagando una cuantiosa factura eléctrica cada mes. Ahora que el parque solar está en funcionamiento, la energía que genera reducirá la factura eléctrica del campo a cero. De este modo, ACNUR podrá gastar ese dinero en otros proyectos que hagan más digna la vida en el campo y ayuden a los jóvenes a prepararse para un futuro mejor.

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